EL TERMÓMETRO CLÍNICO, UNA HERRAMIENTA IMPRESCINDIBLE EN NUESTRA VAQUERÍA

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IMPRESCINDIBLE EN NUESTRA VAQUERÍAEL TERMÓMETRO CLÍNICO,

Fue una llamada telefónica que realmente me intrigó. Un compañero veterinario especialista en mamitis, que normalmente no ejercía la clínica, me llamó para comentarme un caso. En una granja en la cual él llevaba la calidad de leche, en su visita mensual, le habían comentado un problema. Pese a no ser éste de su especialidad, dado que le había resultado un tanto curioso, se había interesado en el mismo.

Juan Vicente González Martín. DVM, PhD, Dipl. ECBHM Profesor Titular Dpto. de Medicina y Cirugía Animal, Facultad de Veterinaria, UCM – TRIALVET Asesoría e Investigación Veterinaria SL (Web: www.trialvet.com / e-mail: trialvet@gmail.com)

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Se trataba de una granja de tamaño medio (150 vacas en ordeño) que parecía presentar una extraña enfermedad endémica. Las vacas, según relataba el propietario, enfermaban repentinamente. El ganadero identificaba estas vacas enfermas en la sala de ordeño, al comprobar que bajaban bruscamente la producción. También observaba como éstas dejaban de comer y tenían fiebre. En estos casos el propio ganadero les inyectaba una oxitetraciclina de larga acción y las vacas se recuperaban en dos o tres días. Sin embargo, el ganadero estaba preocupado porque cada vez tenía más casos.

Tras contarme el caso, le hice algunas preguntas:

– ¿Y eso le pasa a muchas vacas? A muchas- me contestó. Todos los días hay alguna, e incluso algunos días son varias las vacas afectadas.

– ¿Y hace mucho tiempo que les pasa? Yo creo que desde hace más de un mes me dijo.

– ¿Y a la vaca que le pasa la enfermedad le vuelve a ocurrir? Sí me contestó nuevamente, incluso en algunas se ha repetido varias veces.

La verdad es que no podía dejar de pensar en el caso. Repasaba mentalmente las posibles enfermedades que cursaban con fiebre, bajada de la producción, anorexia y que se curaban con tetraciclina. Anaplasmosis, fiebre efímera, infecciones por micoplasmas y ehrlichiosis eran algunas de las enfermedades que valoré. Aunque tenía poca información, había cosas que no me coincidían en cada una de las posibles enfermedades que iba valorando y me llevaba a descartarlas. También revisé libros para actualizarme en enfermedades raras o exóticas, pero nada, no encontraba ninguna causa que justificase la sintomatología que me habían contado. Como tenía que ir por otras cuestiones a esa provincia unos días más tarde, quedé con el colega en pasar a ver la granja si el problema no se solucionaba.

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Finalmente, llegó el ansiado día de visitar la granja. Una de las cosas que más me gusta de mi trabajo es el reto de diagnosticar una enfermedad rara y este caso prometía. Además, según me habían comentado por teléfono la enfermedad continuaba campando por doquier. Así que me pertreché de todo lo necesario para tomar muestras de sangre, leche, orina, material para biopsias, etc. Quería estar preparado para afrontar el caso de forma completa.

Al entrar en la granja, junto al compañero que me había hecho la consulta, pudimos ver cómo el cubo destinado a los residuos farmacéuticos estaba lleno de frascos vacíos de oxitetraciclina de larga acción. El gasto en medicamentos y los litros de leche desechados era enorme.

El ganadero estaba desesperado, y a decir verdad, no parecía tener mucha fe en el resultado de mi visita. Comencé por la anamnesis de rigor, preguntándole por todo aquéllo que ya había preguntado a mi compañero para confirmar los datos y comprobar que no se nos había escapado ningún detalle. El propietario me confirmó nuevamente, punto por punto, todo lo que me había expuesto anteriormente su veterinario. Pero me dio alguna información extra. Me dijo que no había ningún animal que hubiera muerto o hubiera quedado crónico, pero sí algunos que no recuperaban toda la producción láctea. Tras recorrer la granja viendo las instalaciones, el manejo y el estado general de los animales; le pregunté si en aquel momento había alguna vaca enferma a la que pudiese explorar. Para mi alegría me dijo que sí. Así que me puse la ropa de trabajo y comencé a explorar la primera vaca enferma. Abrí mi maletín, cogí el termómetro, se lo puse y marcó 38,3o C. ¡No tenía fiebre! Contrariado, volví a ponérselo de nuevo, esta vez introduciéndolo más y dejándolo más tiempo, pero volvió a marcar 38,3o C. Si no tenían fiebre, lo más probable es que no sufrieran ninguna infección. Pregunté por otras vacas que estuvieran enfermas en ese día o en días anteriores, las exploré, les puse el termómetro, pero al igual que a la primera y para mi desconcierto, todas tenían temperatura normal. Entonces le pregunté al ganadero qué temperatura marcaban las vacas en las que diagnosticado la supuesta fiebre y éste me respondió que no lo sabía porque no tenía termómetro.

Mi gozo en un pozo, pensé, olvidándome de las enfermedades infecciosas, raras o comunes, ya que la supuesta “fiebre” ya no era tal. Exploré completamente a todos los animales y tras comentar el caso con el compañero llegamos al diagnóstico ¡Indigestión simple!, causada probablemente por acidosis subclínica. De modo que recomendé revisar la ración, y por supuesto, no tratar a ningún animal más con antibiótico. El ganadero seguía insistiendo en que los animales se curaban con el antibiótico, por lo que tuve que explicarle la causa por la cual, al igual que ocurre con la gripe, en que con independencia de que tomes o no antibiótico ésta se cura en una semana ¡La indigestión simple se cura en dos días con o sin tetraciclina de larga acción!

Aunque parezca extraño, este caso no ha sido ni mucho menos el único. En muchos otros, propios o de compañeros, se han achacado a infecciones bacterianas y consecuentemente tratado con antibióticos casos que realmente no tenían ningún origen bacteriano. Pero también me ha sucedido el caso contrario, en que casos de etiología infecciosa que necesitaban tratamientos antibióticos se habían confundido con problemas de alimentación o de manejo.

En muchísimas ocasiones, animales que dejan de comer, bajan la producción o presentan diarrea, entre otros muchos síntomas, son tratados con antibióticos cuando no son necesarios en absoluto. Este uso indebido de antibióticos es muy perjudicial, no sólo por el coste intrínseco que conlleva o por la pérdida de la leche desechada que no puede ir al tanque, sino por los problemas de resistencias a los antibióticos que su uso puede acarrear. Y es que además, las bacterias son capaces de transferirse entre sí las resistencias antibióticas de modo que el problema se magnifica enormemente. Estas resistencias harán que, cuando de verdad necesitemos aplicar el antibiótico, tanto para nuestros animales como para nosotros mismos, éste no tenga efecto. No podemos dejar esa herencia a nuestros hijos.

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