¿LAVAMOS LAS VACAS SUCIAS?

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LA INSEMINACIÓN ARTIFICIAL LLEVÓ APAREJADA LA MEJORA GENÉTICA

 

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La inseminación artificial ha sido, muy probablemente, la pieza clave en la zootecnia veterinaria moderna de los animales de producción. El ganado vacuno, más concretamente el lechero, ha sido el pionero entre todas las especies de abasto. Como es lógico pensar, la inseminación artificial llevó aparejada la mejora genética. Del mismo modo, los centros de inseminación, testaje de toros y control lechero fueron de la mano. Pero de lo que quizá no seamos tan conscientes es de que la inseminación artificial dio también origen a la medicina veterinaria moderna del ganado vacuno: la medicina de la producción.

Aunque se inseminaban vacas desde los años treinta, no fue hasta la década de los cincuenta, con la aparición del semen congelado en nitrógeno líquido, cuando la técnica se popularizó de manera extraordinaria. La atención a los partos distócicos (la obstetricia), era la parte de la reproducción bovina a la que más interés prestábamos hasta la mitad del siglo veinte, pero con la inseminación artificial, los veterinarios comenzamos a preocuparnos por los problemas reproductivos relacionados con la fertilidad. Primero se atendían las vacas infértiles de manera individual, pero después se empezó a trabajar en la fertilidad del rebaño en su conjunto, con visitas periódicas de reproducción encaminadas a prevenir los problemas más que a tratarlos. Había nacido el control de la reproducción.

Juan Vicente González Martín.
DVM, PhD, Dipl. ECBHM.
Profesor Titular Dpto. de Medicina y Cirugía Animal, Facultad de Veterinaria, UCM TRIALVET Asesoría e Investigación Veterinaria SL. www.trialvet.com

Después vino el control de la alimentación, porque sin una alimentación correcta la reproducción no podía nunca ir bien; el control de la mamitis, el de las cojeras, el de la recría, el de las enfermedades del periparto, etc. Y todo en conjunto, es lo que hoy llamamos medicina de la producción y salud del rebaño, que es la traducción literal del inglés – Production Medicine and Herd Health.

Cuando terminé la carrera en 1984, la inseminación artificial del ganado en España estaba oficialmente regulada, era ejercida por veterinarios habilitados que tenían adjudicados “Circuitos de inseminación”. Poco después empezamos a inseminar veterinarios dedicados al ejercicio libre de la profesión y posteriormente lo hicieron también los propios ganaderos. Cuando acudíamos a inseminar una vaca llamados por el ganadero, en ocasiones, al explorar la vaca, detectábamos que el moco vaginal no era transparente sino que era blanco por la presencia de pus, normalmente por una endometritis. Decíamos de manera coloquial que la vaca estaba “sucia”. Una vez que realizábamos ese diagnóstico, no te podías ir sin más, había que hacer “algo”. Por aquellas fechas no existían los estudios de eficacia o de residuos que ahora se exigen a los medicamentos veterinarios, y dada la facilidad de acceso al útero que teníamos, en el mismo momento aplicábamos en su interior un antimicrobiano, normalmente un antiséptico de tipo yodado o un antibiótico. En el mercado existían muchos productos de este tipo: en forma de líquido, pomada o espray. También estaban las fórmulas magistrales, normalmente lugol en distintas diluciones, que se usaban indiscriminadamente y en más de una ocasión dejaban a las vacas estériles por su efecto irritante. Cuando más tarde comenzamos a hacer control de la reproducción, en las visitas periódicas que realizábamos a las granjas, además de hacer diagnóstico de gestación como ahora, revisábamos a las vacas algún tiempo después del parto para ver si estaban limpias o sucias, y así poder tratarlas antes para que cuando fuéramos ainseminarlas estuvieran bien. A todas las vacas se les lavaba la vulva con agua y un desinfectante, luego se introducía un espéculo, también desinfectado en la vagina y con una linterna veíamos cómo estaban. Si observábamos que había restos de pus realizábamos un tratamiento intrauterino (un lavado), con algún antimicrobiano. No era raro que laváramos hasta un cuarenta por ciento de las vacas de un establo…

Han pasado más de treinta años desde entonces y en la actualidad ya no se miran las vacas con un espéculo vaginal y se lavan muy pocas vacas. Sí se revisa la involución del útero

después del parto, por palpación rectal o por ecografía, y se trabaja más en prevención y manejo que en tratamientos, pero sin duda alguna la endometritis sigue siendo un problema reproductivo importante en el ganado vacuno lechero.

Las infecciones uterinas

Debido al gran tamaño del feto, la posición de la pelvis, la vulva y la vagina, así como la duración del parto, el interior del aparato genital de la vaca lechera se ve expuesto a las condiciones ambientales en el periparto. Dada la alta densidad de animales en las granjas actuales, el parto suele ocurrir en ambientes insuficientemente limpios y ventilados, por lo que prácticamente el cien por cien de las vacas sufre contaminación bacteriana en el útero después de parir. El que después del parto entren bacterias en el interior del útero no significa necesariamente que se vaya a producir una infección. En una vaca sana, el sistema inmune eliminará rápidamente esas bacterias antes de que se produzca una metritis. Pero si la vaca no tiene su sistema inmunitario en condiciones se producirá una infección que podrá llegar a ser mortal. Desde un punto de vista médico diferenciamos tres tipos de infecciones uterinas: la metritis, la endometritis y la piometra.

La metritis ocurre en las dos primeras semanas después del parto y afecta al útero en todo su espesor: a la capa interna mucosa llamada endome-trio; a la media muscular, el miometrio; y a la externa serosa. El contenido uterino, fluido y grisáceo, huele muy mal. La vaca afectada suele tener fiebre, no come, no da leche, está deprimida y deshidratada. Este cuadro clínico grave se denomina metritis tóxica. En ocasiones lo único que se observa es el contenido uterino mal oliente sin los signos clínicos generales, es lo que llamamos sencillamente metritis puerperal. Los factores de riesgo más importantes para que se presente la metritis son el que la vaca deje de comer alrededor del parto, que esté muy gorda o muy delgada, que tenga cetosis y, por supuesto, que retenga la placenta.

Pasadas dos o tres semanas después del parto, según la vaca va mejorando y el útero involucionando, el contenido uterino pasa de grisáceo a blanco y disminuye en cantidad. Ya no hay signos clínicos generales porque la infección se localiza en el interior del útero afectando sólo al endometrio, y por ello se llama endometritis. El exudado uterino puede verse claramente cuando sale al exterior y ser completamente purulento o bien estar mezclado con moco, mucopurulento. Con el tiempo y los sucesivos celos, la vaca se va sobreponiendo a la infección y presenta el moco vaginal transparente, pero ello no implica que esté completamente curada.

El pus está formado por células sanguíneas blancas muertas, principalmente neutrófilos, y otros restos celulares. Si estas células se encuentran en baja proporción, el moco vaginal se verá a simple vista transparente, pero si se analiza al microscopio podremos observar que contiene neutrófilos. A esto se le denomina endometritis subclínica.

El tercer tipo de infección uterina, la piometra, se produce cuando el pus se acumula en el interior del útero en grandes cantidades debido a que el cérvix se encuentra cerrado y en el ovario hay un cuerpo lúteo persistente. Esta enfermedad es mucho menos común que las anteriores.

Cuando se habla de una vaca sucia, normalmente a lo que nos estamos refiriendo es a una endometritis. Y aunque no cause signos sistémicos de enfermedad ni reduzca la producción láctea, su importancia es muy grande debido al problema de reproducción que causa. Las vacas con endometritis purulenta no quedan preñadas al inseminarlas; las que sufren endometritis mucopurulenta tienen una fertilidad muy baja; e incluso las que padecen la endometritis subclínica con un moco de apariencia normal, tienen la fertilidad reducida.

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